Del país de origen al hogar
La historia de una mujer sobre la familia, la fe y devoción a Nuestra Señora
La historia de una mujer sobre la familia, la fe y devoción a Nuestra Señora
“¡Estaré allí en un santiamén!” Cuando Milagros “Mila” Veluz escuchó por primera vez esa expresión típica sureña, no tenía absolutamente idea de lo que significaba. Ella había aprendido inglés con unas religiosas canadienses en su país natal, Filipinas, pero sus estudios no la habían preparado del todo para el sur de los Estados Unidos.
“¡Estaré allí en un santiamén!” Cuando Milagros “Mila” Veluz escuchó por primera vez esa expresión típica sureña, no tenía absolutamente idea de lo que significaba. Ella había aprendido inglés con unas religiosas canadienses en su país natal, Filipinas, pero sus estudios no la habían preparado del todo para el sur de los Estados Unidos.
Creció en una familia numerosa, con un padre que servía en las fuerzas armadas filipinas, una madre cariñosa y 11 hermanos y hermanas. “Estábamos unidos, éramos felices”, cuenta, “y eso era lo único que nos importaba”. Estudió enfermería, se graduó en Filipinas y trabajó por dos años y medio en el área de trabajo de parto y partos.
A principios de 1970, Filipinas vivió una situación de inestabilidad política y social la cual llevó al presidente a declarar la ley marcial. Como miembro militar, el padre de Veluz temía por la seguridad de sus hijos. Le pidió a ella que buscara una forma de salir del país. “Ya que tienes la oportunidad de salir del país, aprovéchala”, recuerda que le dijo su padre.
Ella se puso en contacto con un servicio de enfermería especializado en ayudar a los profesionales de enfermería a obtener contratos internacionales. En diciembre de 1973, ella y otra enfermera filipina se encontraron al otro lado del mundo, en Birmingham, trabajando en el Baptist Montclair Hospital.
El choque cultural fue enorme. En aquella época, Filipinas era un país con casi el 95% de población católica, mientras que la Diócesis de Birmingham apenas podía contar con un 3% de la población como católicos. Al haber tan pocos filipinos en el área, sentía una enorme nostalgia.
Sin embargo, el Señor no la abandonó. En el Baptist Montclair, Veluz tuvo la suerte de tener a Elmer Evers como supervisora. Evers no solo era católica, sino también una mujer de gran generosidad. Al darse cuenta de que Veluz y su compañera estaban lejos de cualquier entorno que les resultara familiar, supo que hacer. Las invitó a su parroquia: St. Francis Xavier Catholic Church, no muy lejos del hospital. Evers les ofreció transporte para ir a misa, cuidó a las dos jóvenes y las ayudó a aclimatarse a su nuevo hogar.
A Veluz también le presentaron a varias enfermeras filipinas que estaban trabajando el Hospital St. Vincent y ellas conocían a un señor llamado Rodolfo, “Rudy” para abreviar, que había emigrado cinco años antes y trabajaba en el Princeton Baptist Hospital, en el vecindario de West End de Birmingham.
Por aquel entonces, Rudy era un técnico médico. Veluz vio algo especial en Rudy y supo en su corazón que Dios lo había puesto en su vida. Apenas seis meses después, los dos se casaron en la Catedral de San Pablo. Antes de que pudieran estar establecidos, él fue aceptado en la escuela de medicina de la Universidad de Alabama en Birmingham.
Finalmente, Rudy ejercería la medicina de urgencias durante 30 años. “Era un estilo de vida bastante estresante”, admite Veluz. Con períodos de trabajo en Lanett y Alexander City, la vida podía resultar solitaria para una pareja cuyas raíces estaban arraigadas en el rica tierra filipina de comunidad. El dolor de cabeza de no poder concebir agravaba su soledad, pero su vida de oración no flaqueó.
“Siempre mantuve mi fe intacta”, comenta Veluz. Sus oraciones fueron escuchadas después de casi 14 años de matrimonio, cuando ella y su esposo dieron la bienvenida a su primera hija, Desi, y cinco años después a su hija Caitlin. Al recordar su vida, pudo darse cuenta de que el momento elegido por el Señor fue perfecto, aunque admite que le costó mucho. “Por supuesto, a veces la fe flaquea”, dice, “pero siempre he tenido fe”. No estaba sola. Nativa de la región de Bicol en Filipinas, su esposo sentía una gran devoción por Nuestra Señora de Peñafrancia.
La devoción tuvo su origen en Paris, Francia. Después de entregar todas sus riquezas a los pobres y dedicar su vida a Cristo, un noble llamado Simón Vela se sentó a rezar, contemplando a la Santísima Virgen Maria. Se dice que Vela oyó la voz de una mujer que le decía “ve a Peña de Francia y busca mi imagen”.
El buscó por cinco años hasta que encontró la montaña de Peña de Francia al sur de la ciudad de Salamanca en España. Una vez allí, se le apareció la Virgen Maria, con al niño Jesús en sus brazos. Se le indicó que cavara bajo sus pies donde se encontraba, pues allí encontraría una imagen sagrada. El 19 de mayo de 1434, Vela y sus acompañantes desenterraron la estatua de madera. Se dice que, en ese mismo instante, todos fueron curados de sus dolencias.
La devoción se afianzó en España, transmitiéndose por generaciones. En 1712, Miguel Robles de Covarrubias, el hijo de un funcionario de gobierno español que vivía en Filipinas, se enfermó. En su posesión llevaba una estampa con la imagen de la estatua encontrada por Vela. Tras colocar la estampa en las partes del cuerpo que le dolían, sintió alivio. Fue ordenado sacerdote en la Ciudad de Naga en la Región de Bicol de Luzon, Filipinas, a orillas del Rio Bicol. Cuando fue asignado a la catedral, encargó una réplica de la estatua original. Numerosos milagros en la región fueron atribuidos a la devoción, lo que consolidó para siempre a Nuestra Señora de Peñafrancia en la cultura filipina.
Como parte integral de la vida espiritual del esposo de Veluz, recurrir a la intercesión de Nuestra Señora de Peñafrancia era simplemente una faceta discreta de su vida. Cuando emigró, trajo consigo una réplica en miniatura, a la que le tenía mucho cariño. “Sabía que sentía devoción por ella”, recuerda con lágrimas en sus ojos, “pero no sabía hasta qué punto”.
En el año 2000, Rudy se puso en contacto con su hermano en Filipinas. El quería colocar en su casa una réplica a gran escala de Nuestra Señora de Peñafrancia. Lamentablemente la estatua llegó muy dañada, pero pudo ser reparada y Ina, que es como comúnmente es conocida, fue colocada junto a la chimenea de la familia. “Acudía a ella todo el tiempo”, recuerda. Algunos años después, un primo se le acerco a Rudy para hablarle acerca del primer Congreso y Peregrinación del Rosario Mariano que estaba organizando la Basílica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C. y que se celebraría en septiembre de 2017.
Él estuvo de acuerdo, pero lamentablemente Rudy falleció antes de que tuviera lugar el evento. Con el deseo de honrar la devoción de su esposo por “Madre Ina”, Veluz programó la inhumación de sus cenizas para el tercer sábado de septiembre, el día que se honra a Nuestra Señora de Peñafrancia en Filipinas. Con amigos en la ciudad para la inhumación, les pidió ayuda para preparar la estatua para el siguiente Congreso del Rosario.
Años de deterioro, habían apagado el aspecto de la estatua. Veluz no pudo encontrar los materiales adecuados, así que decidieron esperar hasta el día siguiente, cuando pudiera comprar pintura en hojas color oro. Mientras tanto, colocaron la estatua sobre la mesa con la corana a su lado. Una de sus amigas se quedó dormida por un rato en el sofá al lado de la mesa. Cuando se despertó, la corona estaba impecable. Veluz entró, y su amiga exclamó: “¡Qué rápido! ya has limpiado esto”.
Pero Veluz no había tocado la estatua de Madre Ina. Llamaron a las demás y la corona fue colocada sobre la estatua. La diferencia era evidente, y una de las amigas de Veluz comentó, “Esta parte está bastante brillante, pero esta otra ya no hace juego”. Mientras todas estaban paradas examinando a la Madre Ina, la parte opaca empezó a desaparecer. “Nos quedamos hipnotizadas”, recuerda. Las seis comenzaron a rezar el rosario. Recuerda haber pensado, “no le voy a contar a nadie porque no me creerían”. Consultaron con un sacerdote buscando respuestas, especialmente a la pregunta, “¿Por qué nosotras?” Para Veluz la respuesta no está clara, por lo que sigue rezando: “Madre Ina, he sido devota, pero esta es la primera vez que me has mostrado que eres real. Muéstrame cuál debe ser nuestra misión”.
Aunque Veluz no pueda discernir con claridad la repuesta que está buscando, desde afuera se puede ver fácilmente: su vida ha sido su misión. Su lugar de nacimiento, su valentía de emigrar a los Estados Unidos, su devoción por la familia y comunidad, sus esfuerzos para preservar y compartir su patrimonio, su perseverancia en la fe, todo sirve como testamento del pueblo filipino. Son un pueblo cercano al Señor y a la Santísima Virgen, y esa cercanía no solo es inspiradora, sino también edificante. Qué bendición para la diócesis que la comunidad católica filipina haya hecho del norte y centro de Alabama su hogar.
Nuestra Señora de Peñafrancia
Para honrar a Nuestra Señora de Peñafrancia en la diócesis, Veluz organiza cada año una misa que se celebra el tercer sábado de septiembre. Este año la misa se celebró en la Capilla Católica de St. Stephen the Martyr en Birmingham.
