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 | Por el Reverendísimo Steven J. Raica

El año Jubilar De San Francisco

Que su ejemplo renueve nuestra iglesia diocesana

Mis hermanas y hermanos, en cada época de la iglesia surgen ciertas figuras cuyo testimonio parece transcender el tiempo, cultura e incluso el credo. San Francisco de Asís es una de esas almas excepcionales. Ocho siglos después de su vida, continúa capturando la imaginación no solo de los católicos, sino de los cristianos de todas las tradiciones e incluso de aquellos que no profesan ninguna fe formal. Hay algo acerca de Francisco — su sencillez, su alegría, su amor radical — que habla a los anhelos más profundos del corazón humano.

Al celebrar este año especial dedicado a San Francisco dentro de nuestra familia diocesana, lo hacemos con gratitud por las muchas formas en que su espíritu ya está vivo entre nosotros. En nuestra diócesis, tenemos la bendición de tener comunidades religiosas formadas con el carisma franciscano, como también parroquias que llevan su nombre en Bessemer, Livingston, Talladega y Tuscaloosa. No se trata meramente de conexiones históricas; son recordatorios vivos de que la vida evangélica que Francisco abrazó todavía es posible y sigue siendo cautivadora hoy.

El atractivo perdurable de San Francisco empieza con su enfoque singular en Cristo. Su vida no fue impulsada por una ideología o ambición, sino por un encuentro profundo con el Señor crucificado. Desde el momento que escuchó a Cristo hablarle desde la cruz de San Damián, “Reconstruye mi iglesia”, Francisco comprendió que la renovación no empieza en las estructuras, sino en el corazón humano. Una vez escribió, “Empecemos de nuevo, pues hasta ahora no hemos hecho nada”. Esa humildad, esa disposición constante a empezar de nuevo, es quizás una de sus grandes lecciones para nosotros. Con ello, emprendió reformas internas y externas que tocaron el corazón y la vida misma de la iglesia.

Sin embargo, San Francisco hizo más que contemplar los misterios de Cristo, ayudó a la gente común a verlos. En el pueblo italiano de Greccio, organizó el famoso primer Pesebre Navideño, invitando a los fieles a contemplar con sus propios ojos la pobreza y la maravilla de la Encarnación. El Verbo hecho carne dejó de ser una idea lejana, sino una realidad viva que se les presentaba ante sus ojos entre paja y silencio. Con un espíritu similar, el camino devocional que más tarde se convertiría en el Vía Crucis tiene sus raíces en el amor franciscano por la Pasión, un deseo de caminar con Cristo, paso a paso, por el camino hacia el Calvario. De este modo San francisco le dio a la Iglesia no solo palabras, pero imágenes y prácticas, verdaderas formas de oración que involucran los sentidos, despiertan la imaginación y sumergen el corazón más profundamente en los misterios de nuestra fe.

Somos los herederos de esta catequesis viva. Cada pesebre que nos invita a entrar en Belén, cada Vía Crucis que nos guía por el camino de la Cruz, lleva consigo algo de la visión de San Francisco. A través del arte, la música y devoción, las Escrituras cobran vida, no como historia lejana, sino como un encuentro presente. En un mundo a menudo adormecido por la abstracción, Francisco nos recuerda que Dios se nos encuentra de manera concreta, tierna, e inclusive visible, en las circunstancias de nuestras vidas.

El amor de Francisco por Cristo también se desbordó en un amor por toda la creación. Veía el mundo no como algo que debe usarse, sino como un don que hay que venerar y apreciar. En su Cántico de las Criaturas, alaba al “Hermanos Sol” y la “Hermana Luna”, reconociendo en todas las cosas una reflexión de la bondad del Creador. En nuestra época, el Papa Francisco ha hecho eco de esta visión en ‘Laudato Si”, recordándonos que “todo está conectado” y llamándonos a un renovado respeto por nuestra casa común.

San Francisco también es recordado como un hombre de paz. En un mundo marcado por la división y el conflicto, su espíritu de reconciliación sigue siendo sorprendentemente actual. La querida oración que a menudo se le atribuye, “Señor, hazme un instrumento de tu paz”, continúa siendo rezada por millones de personas. Independientemente de que el haya compuesto esas palabras exactas o no, expresan fielmente el espíritu de su vida. Cruzó las líneas de batalla durante las Cruzadas para encontrarse con el Sultán, no como un adversario, pero como un hermano. Su testimonio nos desafía a preguntarnos: ¿cómo traemos la paz a nuestro mundo, nuestros hogares, nuestras parroquias, nuestras comunidades? ¿Cómo puedo tener paz en mi propia vida?

Quizás lo que atrae a tantos a San Francisco es la autenticidad de su vida. No se limitó solamente a hablar acerca del Evangelio; él lo vivió con una claridad cautivadora. Abrazó la pobreza no como privación, sino como libertad: la libertad de amar sin condición, de depender por completo de Dios. Como el Papa Benedicto XVI una vez señaló, Francisco “entendió que, al renunciar a todo, lo ganaba todo”. Esa paradoja se encuentra en el corazón de la vida cristiana.

En una cultura muchas veces marcada por el exceso, el ruido y la distracción, San Francisco ofrece un camino diferente: la sencillez, la alegría y la confianza. Nos recuerda que la santidad no está reservada para unos pocos, sino que es una llamada universal al alcance de todos. Cada uno de nosotros, en nuestra propia vocación y circunstancias, podemos vivir el Evangelio más profundamente, amar más generosamente y caminar más humildemente con nuestro Dios.

Al celebrar este año de San Francisco, que su ejemplo renueve nuestra Iglesia diocesana Que él nos enseñe a fijar la mirada en Cristo, para contemplar más profundamente tanto el misterio de su nacimiento como el misterio de su cruz salvadora, a apreciar la creación de Dios y de convertirnos en instrumentos de paz en un mundo que anhela la sanación. Y que nosotros, como San Francisco, tengamos el valor de empezar de nuevo. ¿Cómo puedo reflejar la vida de San Franciso en mi vida hoy? ¿Valoro las devociones de Navidad y Cuaresma que él inspiró? ¿Vivo con sencillez? ¿Busco la paz? ¿Respeto el mundo que me rodea? Sí, San Francisco está en el corazón de todo esto. ¡El sigue siendo una inspiración para nosotros hoy para “reconstruir” la Iglesia a través de la forma en que nosotros seguimos a Cristo!

¡Les deseo un verano bendecido para todos ustedes!


Por el Reverendísimo Steven J. Raica es el Quinto Obispo de la Diócesis de Birmingham en Alabama.

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