‘Darle permiso a Dios para que te llame’
Mis hermanas y hermanos, ¡gracia y paz con ustedes!En esta edición de One Voice, vemos cómo Dios ha llamado a personas de nuestra diócesis. En mayo, tres hombres serán ordenados sacerdotes. ¡Qué bendición de Dios! Solo puedo expresar mi gratitud por Su cuidado constante hacia nosotros. Permítanme compartir algunas de mis reflexiones acerca del tema de “vocación” o “llamada a la vida religiosa o santa”.
Mis hermanas y hermanos, ¡gracia y paz con ustedes!En esta edición de One Voice, vemos cómo Dios ha llamado a personas de nuestra diócesis. En mayo, tres hombres serán ordenados sacerdotes. ¡Qué bendición de Dios! Solo puedo expresar mi gratitud por Su cuidado constante hacia nosotros. Permítanme compartir algunas de mis reflexiones acerca del tema de “vocación” o “llamada a la vida religiosa o santa”.
Cuando Dios nos grita
Hay una escena en el Libro de los Reyes del Antiguo Testamento que siempre me ha impresionado.
El profeta Elías está de pie en una montaña esperando al Señor. Un viento poderoso rasga las rocas. Un terremoto sacude la tierra. El fuego arde por todo el paisaje. Sin duda, Dios estará en algo dramático, algo inconfundible.
Pero Dios no está en el viento; ni en el terremoto; ni en el fuego.
Entonces llega “una voz suave y delicada”, un susurro. (1 Reyes 19:12)
Y ahí es donde está Dios.
Vivimos en una época de viento, terremoto y fuego. Las voces compiten sin descanso por nuestra atención. Las notificaciones zumban. Los celulares “suenan” cuando hay un nuevo mensaje. Las expectativas nos presionan. Hoy en día, las trayectorias profesionales se trazan desde muy temprano. El éxito está medido públicamente en “me gusta” y “contactos”. Las redes sociales nos entrenan para actuar en lugar de escuchar.
En ese tipo de mundo, la llamada de Dios es difícil de escuchar.
Sin embargo, en medio de ese estruendo virtual, Dios no ha dejado de hablar. No ha dejado de “Susurrar”.
El anhelo que no desaparece
Algunos imaginan la vocación como un rayo; un acontecimiento repentino, inconfundible y dramático. Por supuesto, a veces puede suceder de esa manera. Sin embargo, la mayoría de las veces empieza como algo mucho más sutil. Puede ser algo que toca lo más profundo de nuestros corazones: una inquietud. Puede tomar diferentes formas: una pregunta que se repite; un pensamiento que se niega a desaparecer; una alegría inesperada cuando servimos a otros; o una paz interior en la oración que se siente diferente a todo lo demás.
San Agustine escribió una vez que nuestros corazones están inquietos hasta que descansan en Dios. Esa inquietud no es un defecto psicológico. Es la forma en que estamos hechos. Puede que sea una pista divina.
¿Alguna vez has sentido que debe haber algo más? ¿Más que los logros? ¿Más que la comodidad? ¿Más que el prestigio? ¿Más que simplemente seguir el camino esperado?
Ese anhelo no es necesariamente insatisfacción con la vida. Puede ser el comienzo de escuchar la llamada de Dios para que los sigas de una nueva manera.
La vocación no es reclutamiento
Cuando la Iglesia habla de vocaciones al sacerdocio, a la vida religiosa, o a la vida consagrada, es fácil malinterpretar la invitación. Puede sonar como un llamado institucional: “¡Necesitamos más sacerdotes… necesitamos más hermanas!”
Responder a la llamada de una vocación no es acerca de “llenar una posición”. Dios no está reclutando empleados”. Más bien, Él está llamando a sus hijos y a sus hijas a una forma de particular de vivir.
Sacerdotes y diáconos son llamados a dar sus vidas por la Iglesia como Cristo el Esposo. Las hermanas o hermanos religiosos están llamados a dar testimonio de que solo Dios es suficiente a través del carisma de la comunidad. Las vírgenes consagradas viven en el corazón del mundo como signo de pertenencia total a Cristo. Aquellos llamados al matrimonio reflejan el amor fiel a Cristo en la vida familiar.
Entonces, cada vocación es una respuesta generosa para amar. Cada vocación es personal. Cada vocación es irrepetible.
Antes de que nacieras, antes de que tomaras una sola decisión, Dios tenía un sueño para tu vida. No un plan rígido, sino un camino donde tu alegría más profunda y la necesidad más profunda del mundo se encuentran.
Escuchar por debajo del ruido
Uno de los mayores desafíos actuales no es la falta de generosidad. Es la falta de silencio. Si nunca nos callamos, nunca reconoceremos ese susurro. El discernimiento no empieza con gestos dramáticos. Comienza con una simple fidelidad:
- Oración regular, incluso cuando parezca ordinaria y mundana.
- Tiempo dedicado al Santísimo Sacramento.
- Conversación honesta con un sacerdote de confianza o un guía espiritual.
- Leer las Sagradas Escrituras o a uno de los grandes maestros espirituales.
- El valor de preguntarle directamente al Señor, “Señor, ¿qué quieres que haga por ti?”
Observa los movimientos de tu corazón.
¿Existe una atracción persistente hacia el sacerdocio o la vida religiosa? ¿Sientes alegría cuando te imaginas esa posibilidad, aunque también te produzca miedo? ¿Otros te dicen amablemente los dones que tienes y que podrían servir a la Iglesia? Esa pregunta hecha por alguien que no te conoce puede ser otra indicación que algo más está sucediendo en tu vida. ¿Hay una paz profunda bajo la incertidumbre?
La llamada de Dios suele venir acompañada tanto con consuelo como con temblor. El miedo no necesariamente quiere decir “no”. Algunas veces, simplemente significa que el don es real. Sin embargo, Dios te está pidiendo que confíes en el proceso, continues escuchando, que estes atento a las señales y consolaciones. El Señor te guiará delicadamente con recordatorios.
Una palabra personal
Permítanme compartir algo de mi propia experiencia.
No hubo terremoto cuando sentí por primera vez la posibilidad del sacerdocio en quinto grado. No apareció ninguna señal dramática en el cielo. En cambio, hubo una convicción tranquila pero firme que creció con el tiempo, especialmente en mis oraciones personales, el tiempo que pasaba enfrente del Santísimo Sacramento y la alegría inexpresable que encontraba sirviendo a la Iglesia en la misa cuando era joven, y después como músico de la Iglesia.
Hubo preguntas, ¡muchísimas! Hubo dudas. También habían otros caminos que habrían sido buenos y honorables, como ser profesor de matemáticas o un músico profesional de la iglesia, pero bajo todo eso había una paz más profunda que experimentaba cada vez que confiaba en mi futuro a Dios.
Mirando atrás ahora, puedo decir con total honestidad que los únicos momentos de arrepentimiento fueron aquellos en los que dudé en confiar más en Èl. Los pasos dados con fe, incluso cuando eran inciertos, se convirtieron en los lugares de mayor libertad.
En última instancia, Dios no nos engaña para llevarnos a una vocación. No nos atrae hacia vidas más pequeñas. Cuando nos llama, ensancha nuestro corazón. ¡Nos espera más de lo que se ve a simple vista o lo que te puedes imaginar!
El valor de preguntar
Quizás el paso más importante en el discernimiento sea también el más sencillo: dar permiso.
Dale permiso a Dios para que te llame.
Muchos jóvenes nunca consideran seriamente el sacerdocio o la vida consagrada, no porque estén opuestos, pero porque tienen miedo de incluso preguntar. Tienen miedo de tantear el terreno. Temen cual puede ser la respuesta. Una pregunta generosa nunca ofende a Dios. “Señor, si me estas llamando a esto, hazlo claro y dame el valor para seguirte”.
Si la respuesta final es “no”, no pierdes nada por preguntar. Si la respuesta es “si”, puede que descubras una alegría y una plenitud que jamás habrías podido diseñar por ti mismo.
Cuando Dios susurra
Al final, la vocación no tiene tanto que ver con lo que haremos como en quiénes nos convertiremos. La palabra nos dice que construyamos una identidad. El Evangelio nos invita a recibirla. Las grandes historias de la Biblia hacen eco en lo que experimentamos en nuestra propia llamada vocacional.
Quizás, en la quietud de tu corazón, hay un susurro: hacia el sacerdocio, hacia la vida religiosa, hacia una entrega más profunda y radical de ti mismo de lo que aún has podido imaginar.
No lo descartes demasiado rápido. Dios rara vez grita. Nunca deja de llamar.
Y en algún lugar, en la quietud debajo del ruido, ¡puede que esté susurrando tu nombre!
Por el Reverendísimo Steven J. Raica es el Quinto Obispo de la Diócesis de Birmingham en Alabama.
